jueves, 16 de junio de 2016

Densa quietud inmaculada.

     El lunes fue trece, de nuevo. Lee. Lee. Lee. La cabeza no escucha y tú pierdes los nervios. El reloj sigue corriendo y sigues sin centrar los ojos. Amanece y permanece tu cuerpo frente a la pantalla, aletargado. Duermes tres horas con dificultad, te despierta la tercera alarma del martes, acudes bajo el manto caliente de la ducha. Tienes ganas de llorar pero no es ausencia de otros no es tristeza de quién es ese cuerpo mojado en la bañera. Le agarras un tedio a Ferreyra sin pretenderlo, terminas tus notas, te sacas aprisa el pijama y te marchas de la casa con el estómago vacío. Son las cuatro pasadas de la tarde. El 141 se demora otra vez, pero ya estás en calma y no piensas en venganzas, no vives en El amparo.
     La clase ya ha empezado, hay un cementerio de sillas donde otrora hubiera público. Mejor, dices, menos presencia ante la vergüenza. Ante ti, cuatro horas interminables. Se aproxima la pausa y, de repente, te toca salir al frente y alzar la voz. Te tiembla, miras al suelo, sonríes con nervio visible. Fermín te sonríe y vuelves a estar en calma, quizá no está yendo tan mal. Miras a Carlos, a Javier, a Alejandra, a Michelle. Quizá tú también buscas amparo, después de todo. Termina el ejercicio e imploras la oferta: un café y dos facturas por 25 pesos. Michelle te aborda tímidamente, con su inglés argentinizado: «me encanta tu remera». Qué linda es. Y tú tan torpe, nunca sabes responder a los halagos. Antes de bajar, Javier te tranquiliza, «estuvo muy bien», mientras levanta el pulgar y un gesto pícaro con la mirada cómplice. Sus rizos azabache y su voz te tranquilizan. ¿Te desamparan? Lo dejas con la palabra en la boca, acudes al segundo piso, ansiosa, y el encargado te confunde con alguien de Colombia. «¿Española? ¿De dónde? ¿Barcelona? ¡Oh! ¡A mí me gusta muchísimo Serrat!». Ya creía que nadie te diría esa frase. Te largas a casa antes de hora, te pueden el sueño y la incertidumbre. No son las nueve, y hoy no lo verás pasar sonriéndote en la bici mientras esperas el bondi. Qué pequeña eres a veces. Y qué pena que en ocasiones haya quien lo sepa un defecto. Ves el colectivo y echas a correr, pero tardas quince minutos en darte cuenta de que no es el tuyo. Te ríes: no te quedan datos, no agarras wifi, no sabes dónde estás. Bajas a la próxima y ves enfrente la tienda Harpo. Ya no estás perdida. Caminas cinco cuadras hasta Scalabrini y tomas esta vez sí el número correcto. 
     Despiertas tarde un jueves, haces la comida, añoras los platos de mamá, conversas con S. Pasan las horas y sales casi al cierre a la lavandería. «Recordá venir el sábado antes de las tres, mi niña, que mañana acá es feriado y el lunes también, y si no hasta el martes no tendrás la ropa». Cenas con C. y con S., y, entre tanto dolor de tripa de la risa, surge algo curioso y terrible. «Acá, en los boliches, si tomaste y vas sola ya te fuiste. La cagás, porque hacen lo que quieren contigo». Le dices que eso tiene un nombre y un verbo, violar. «No, acá no es violar, acá eso no existe». Su sentencia retumba en tu cabeza y te dan ganas de echar a correr. Cómo aún así. No lo desconoce, solamente sabe, a sus dieciocho, que todo está cuesta arriba. Pero debes seguir abriéndole los ojos para que no se culpe. Nunca. Nunca. Nunca en la vida por ser mujer y libre.
     Pero hoy te despides de ella, te acuestas no muy tarde; mañana será otro día y pasearás por Recoleta.

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