jueves, 30 de junio de 2016

Dentro del espejo.

     Hace unos días hubo elecciones. Hace unos días me sentí furiosa hasta la náusea. Hace unos días, sin querer, recordé que el asco puede llegar a una cota altísima. A día de hoy sólo siento decepción, lástima. Desde aquí, a más de 10.400 km de casa, pienso en un país que no siento mío y tan sólo me aguarda una palabra: vergüenza.
     El lunes, irónicamente, hablamos de la revolución cubana en clase. Ernesto me preguntó que cuándo terminaron los sesenta en España. ¿Acaso terminaron?, quise decirle. Sonreí con timidez, supongo que tras la dictadura, contesté. Pasar de la cultura del desarrollo a la de la liberación. Mi cabeza era un hervidero de preguntas instantáneas, gelatinosas, deformes. Parpadeantes. En la pausa, bajamos al segundo piso. La hora del café y las facturas. El señor que lo lleva me reconoce al verme, la española, pensará. Me pregunta que cómo ha vuelto a salir Rajoy en las elecciones, es como si aquí volviéramos a votar a Macri, me dice. Sonrío, esputo un par de sandeces a su favor; es un alivio no toparse con un partidario de Macri. Es curioso, no tenemos una cafetería como tal, solamente un puesto ambulante de té, agua y leche servidos en termos, medialunas de grasa y manteca (en castellano vendría a ser las saladas y las dulces, respectivamente, me recuerda él, riendo al verme indecisa, aún hay veces que me armo un lío y nunca ha sido disimular mi fuerte), panes árabes, empanadas caseras, masitas a granel (que suelo comprar los viernes para tener el fin de semana en la casa) y azúcar. El café siempre lo sirven hirviendo, y lo beben así también. El señor (debo preguntarle cómo se llama, siempre se me olvida) me recomienda un actor español de su época que vivió en la Argentina casi toda su vida. Se despide alegre. Parece buen hombre.
     A la vuelta esperé casi media hora al colectivo, y una lluvia suave pero permanente me caló de frío hasta que llegué a casa. Pensé en la otra casa, qué tal estarían durmiendo con el calor que ya debía estar haciendo.
     
***

     Es la última mañana que estoy sola en el cuarto. M. y Ss. marcharon y he podido recuperar la intimidad solitaria de la pieza por unos días. No recuerdo si fue el sábado, el domingo, el lunes u hoy, pero me masturbé pensando en ti. Cuando mis músculos se relajaron sentí un vacío arrollador que me empujó bajo la ducha. Límpiate, pensé, estás manchada. Quise llorar y no supe. Lánguida, froté mi pelo, mi cara, mis pechos, mi sexo. Hasta que el llanto cedió. Enjuagué la espuma con cuidado. Volví a la cama con la misma mancha, y no era tuya. El espejo me dijo, a lo lejos: estás retrocediendo.

***

     El martes hizo frío, igual que hoy. Siempre escribo de noche, cuando toda la casa duerme; es lo más parecido a estar en casa que me resta. Falté a clase, las divagaciones de Fermín me desesperan. Hoy tenemos goteras, se rompió la tubería del baño y ahora toca subir al piso de arriba para ducharse y usar el inodoro y el lavamanos. Me sentí cansada todo el día, me metí en la cama y caí dormida un rato. Cené con S. y charlamos un poco. Son las 3:59 y me ataca el sueño de nuevo. Ayer vimos Intouchables y me pareció una manera hermosa de irse a la cama. Hoy no, pero ayer me acosté feliz.

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