domingo, 5 de junio de 2016

Domingo de resurrección.

     La monda de un plátano, un sobre de té y una taza rayada sobre el plato junto a este bello desorden coronan el escritorio a ruedas.
     La noche aquí es larga y lenta, y todos, incluso los que cruzan el océano, dormitan en calma. Debe ser así, me digo. Añoro las paredes amarillas, el absoluto rezo silencioso de mi cuarto, pero esta armonía transparente y compartida es más de lo que hubiese imaginado. En dos meses M. volverá a casa, y temo perder esta calma. Los días suceden tranquilos, llenos de una parsimonia melódica y naranja a la que aún trato de acompasarme. «Esto no es Europa», me dijeron tantas veces. Recuerdo los días en París; no echo en falta sino las calles, los pequeños cafés, las tantísimas librerías de antiguo y ese olor mezcla de viejo y humedad que impregnaba los libros. Su gente adusta, lejana, altiva, cuán difícil se hizo la ciudad en ellos. En once de hace casi tres meses conocí a S., como un ángel guardián me fue regalado (a veces pienso si no habrás sido tú, desde ahí arriba, que aun ahora me proteges con tu hilo de arrullo invisible; no hay día que no te piense). Y luego fueron M. y Ss., y también C. Y en la noche, tras cruzar en colectivo media ciudad, viendo el neón azul y rojo de incontables kioskos, perdiendo el miedo a otro atraco, sonriendo a un compañero marcharse en bicicleta, memorizando los nombres de las calles, las farmacias, las panaderías, los mil y un delivery, los rostros desconocidos, maldiciendo el peligroso conducir porteño, llego a esta casa que cada vez siento más casa.
     Mi voz ya está manchada; en algunas semanas, se salpica de un canto inevitable y deja de tener su acento para tenerlos todos. Ahora hay cosas que me dan flojera, tomo el subte y ni en pedo en hora punta, olvidate. Aun así, «¿de qué parte de España sos? ¿Catalana? Decime algo en catalán, quiero saber cómo suena». Le sonreí a una niña lindísima, y ella me regaló la paz desgarradora y necesaria en su sonrisa. Aquella noche, lo admito, llegué contenta a casa.
     Me salpica esta certeza de siempre vivir las cosas en su momento equivocado. Y las personas. Como una espiral interminable. No va a volver París, me repito. Algún día se convertirá en cántaro. Qué hermoso será compartir este árbol vivo, me digo, mientras despliego las alas.

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