domingo, 24 de julio de 2016

Dadá es un cántico al hogar.

     Ayer volvimos a Puerto Madero a comer en el Paseo de la Gloria; nos burlamos un tanto del hecho de que casi ninguna de las estatuas que hay se parezca a la realidad, que pase lo que pase siempre haya alguien fotografiándose junto a la de Messi (aun defraudando a Hacienda en reiteradas ocasiones, aun siendo la anti imagen catalana —¿mundial?— que cualquier persona con cabeza repugnaría), que las ratas voladoras de plumaje oscuro lo inunden todo con sus gorjeos. Dos choripanes y un sandwich de pollo completo con papas y gaseosas. Nos sentamos y comemos tranquilos. Al lado, un hombre que venía caminando con una bolsa enorme a su espalda se para de repente junto a la mesa de una madre y sus dos chicos. Se dirige a ellos. Me parece entender que les intenta prevenir sobre las mujeres, quizá sobre las calles en general y la delincuencia, también. No presto mucha atención. Parece que se marcha. La madre mira a sus hijos y poco le falta para alzar el dedo índice y girarlo señalando a su sien. El hombre vuelve. Se dirige otra vez a los chavales. Vuelve a irse. La madre les habla, de nuevo. Ahora intento prestar atención, pero hay ruido en la calle y apenas me llega el hilo de voz ajeno. Regresa el hombre de la bolsa a la espalda. Esta vez, se dirige a la madre, aparentemente indignado, molesto. Qué derecho tiene ese maldito desconocido para dirigirse a dos chicos que de nada conoce y darles lecciones mientras comen con su madre, qué derecho tiene esa mujer desconocida para hacerles entender a sus hijos que ese hombre tan sólo es un loco al que no deben escuchar. Me pregunto, y sigo mordiendo mi bocadillo. Nombra a Jesús y a la Biblia, creo entender, pero en ningún momento alza de más la voz ni insulta; la madre no le dirige en ningún momento la palabra y apenas la mirada. Finalmente, tras haber vuelto en cuatro ocasiones, decide agarrar sus cosas con firmeza y marcharse, definitivamente. Me nacen tantísimas preguntas de una única escena que, inconscientemente, no dejo de recordar ese rato mientras volvemos a la casa. Hoy ha hecho sol y no tanto frío. El día termina tranquilo.

***

     Me despierto tarde, me alzo tarde. Es domingo y todo me da pereza. No he vuelto a llorar tras masturbarme porque mi cabeza ya no quiere recordarlo. Pero la suciedad propia y ajena sigue aquí adentro. Me ducho, son las cinco y me preparo la comida. Subo a la pieza y como los espaguetis aprisa: papá y mamá me están esperando. Allí ya son las once y media pasadas de la noche, pero nos tiramos más de una hora hablando. Mamá ríe. Papá ríe. Aparece Edu, y también ríe. Están tan guapos. Escribo esto y caen dos lágrimas mejilla abajo; ojalá mamá llamase a la puerta y me abrazara diciendo: todo va a salir bien, cariño, ya lo verás.

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