sábado, 9 de julio de 2016

Delante del mar, junto a los tordos.

     Ayer escribí hasta tarde y ha costado alzarse. Son las once pasadas y ya salimos hacia Coto para comprar todo lo que necesitamos para el picnic. Pan, jamón, queso, patatas, más queso. No te olvides de la palta. El agua y los zumos. Un poco de atún y algo más. De postre, budín de chocolate. Llenamos la mochila y las bolsas y esperamos en la esquina al 39. Cuarenta minutos más tarde llegamos a Constitución. Hace un sol radiante. Empieza a aglomerarse la gente; el 4 no aparece. Y pasa más de media hora. Maldigo esta parsimonia argentina una vez más. Diez minutos más y agarramos un taxi, acordamos. En ese preciso momento, aparecen dos flamantes colectivos. La conducción cuidadosa y tranquila no es plato fuerte del transporte público, tres pisotones y casi dos caídas después. Bajamos en Puerto Madero. Andamos hacia la entrada. Como es 9 de julio y celebración del bicentenario, el Paseo de la Gloria está repleto de paradas, de olor riquísimo a panchos, garrapiñadas y pochoclos, de artesanía y un sinfín de personas paseando. El tráfico hoy no se adueña de la calle. Mientras, en Tucumán, Macri andará alabando sus ojitos derechos, don Juan Carlos I entre ellos, creyendo qué tan bueno es continuar robándole a la gente y seguir su ejemplo. Lo peor: habrá quien aún se crea a pies juntillas ese discurso del miedo.
     Entramos en la Reserva ecológica Costanera Sur, y empezamos a caminar. El contraste es fascinante: aquí, la vegetación y el silencio; allá, al fondo, los rascacielos y el ruido. Uno de los puntos de la reserva se llama Bosque de los sauces. Los chicos sonríen al leerlo, ¿has visto cómo se llama?, me dicen. Es curioso cómo en cuatro meses se tejen lazos tan fuertes. Llegamos a la costanera norte, frente al Río de la Plata. Pese a no ser una playa, no pensé que me hiciese tan bien ver el mar de nuevo, no pensé que algo tan lejano me hiciera sentir en casa. Entre risas, empezamos a comer. Disfruto de estos últimos momentos los cuatro juntos, me apena pensar que en unas semanas ya van a faltar algunos. Tomamos budín y volvemos, esta vez por el camino corto. Al salir, junto a la Fuente Nereidas, suena un pasodoble y una pareja mayor lo está bailando. Me acuerdo sin remedio de papá y mamá. Cómo me gustaría verles bailar otra vez. 
     Caminamos hacia la salida de Puerto Madero en busca de los dos colectivos que nos llevarán a casa; aún no sé por qué, pero cada vez que veo este puerto, a cualquier hora del día, recuerdo el Moll de la Fusta. Me faltan las gaviotas impertinentes, el acento catalán, los mil y un turistas. La brisa mediterránea. Pero, pese a ello, una pequeñísima parte de mí vuela a casa como una golondrina.

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