viernes, 8 de julio de 2016

Deshacer el llanto.

     Es lunes y no he salido apenas de la pieza, la lluvia no ha brindado su tregua. Inquieta, pienso en cuanto está por llegar y me atormento. No sé exactamente en qué mezcla gelatinosa de imágenes y sentimientos estoy pensando a la vez. Borrosos, tienen cierto matiz de soledad desamparada. Lloro. Me repito una vez más: mantén cerca quien de ti desee tu dicha, despide a quien tan sólo sepa arrojarte hacia el dolor. ¿Por qué siempre creen que sólo somos tú y yo quienes nos morimos de miedo, cuerpo mío? Cuerpecito mío, que tanto te están volviendo a ahogar, por qué has olvidado tan temprano de cómo dejar que el agua sea clara. Cuerpo, cuerpecito, cuerpo mío, vuelve a mí, no debí dejarte nunca.

***

     Han pasado varios días desde que llegaste, Sandra. Es la primera vez en cuatro meses que me han dado un abrazo. Que yo lo he dado. Qué hermoso ha sido. El martes quise llorar de alegría al tenerte aquí; pese al inmenso imaginario que nos separa, me sentí viva de nuevo al saberte familia a mi lado. Paseamos desde el Ateneo a 9 de Julio, pasado el Obelisco y cercanas a Evita bajamos por Avenida de Mayo hasta la Casa Rosada, hiciste fotos a las pancartas de las madres de Plaza de Mayo y se alzaba tu grito y tu puño con cada «Macri, para la mano» que leías, llegamos a Puerto Madero a comer a las cinco de la tarde con frío y espera y vino Flor y sonreíais, y yo aún parecía contenta. Antes de marchar, vimos el Puente de la Mujer, supe entonces que yo era ese reflejo en el agua, oscuro y tembloroso. Pero menstrué, quise arrancarme el vientre y cada centímetro de carne que me estallaba de dolor adentro y pasó un día, y fue viernes y me di cuenta de que al abrazarme no hacías sino abrazar un espejo vacío. Un hueco insondable. Y ojalá no te dieras cuenta, pues no existe nada más triste que tratar de abrazar un cuerpo apagándose y sin alma. O quizá sí, no saber cómo pararlo.

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