viernes, 22 de julio de 2016

Detrás del frío.

     Apenas recuerdo qué ha ocurrido esta semana. Todo está difuso y pegajoso en una madeja mental y débil. El martes salimos a dejar la ropa en la lavandería y, a la vuelta, fuimos a hacer un café. Bajamos por José Antonio Cabrera y entramos en Félix Felicis & Co, un bar pequeñín que hace esquina y es todo ventanal; el chai latte está aguado, me digo, no sabe ni una cuarta parte de bien que el que me tomaba en el Cosmo de al lado de la facultad. Arrugo el ceño en silencio y me lo termino rápido. La charla con M. y Ss. siempre es agradable, incluso los silencios. Al salir, tomamos Honduras a la altura de Armenia, apenas a una cuadra de casa, y entramos en la panadería Las Familias. Gran variedad de facturas (además de tartas, dulces y panes) por sólo seis pesos la pieza. Busco las de chocolate, el dulce de leche me está empezando a empachar. Termino comprando de dulce de leche. Llegamos a casa y vuelvo a hacerme un té, que esta vez sí me sabe a gloria; desde que estoy aquí he aumentado una barbaridad las tazas de té que me bebo al día, quizá por eso duermes tan mal, pienso a veces, restándole importancia a lo que verdaderamente me quita el buen descanso. Siempre el mismo ritual: poner la pava a hervir [pava, qué estupidez tan innecesaria para un hervidor], agarrar la taza rayada del escurridor, colocar el sobrecito de té negro con chocolate y naranja, verter dos dedos de leche, esperar a que el agua hierva, escuchar el clic, verter el agua con tiento (algunas veces, al caer sobre el sobrecito, rebota en un intento de cascada dócil y juguetona y hace que la taza se sobre sin estar del todo llena, dibujando un charquito blanco ocre alrededor de la base), volcar el edulcorante sobre la cucharita hasta llenarla y dejarlo caer sobre la mezcla, repetir una vez más, hundir la cucharita hasta el fondo y, entonces, remover despacio, observando cómo se torna el color homogéneo. 

***

     Es la madrugada del viernes y pienso debes releer ese poemario, debes escribir las notas, debes decirle qué te pareció por qué te estremeció por qué no entendiste por qué lloraste por qué te resultó frío por qué querrías cruzarle ahora mismo la cara con estas dos manos. Y sin embargo. No te leo, no te escribo, no te hablo. No te digo el daño que hace leer un "me gustaría mucho que sufrieras en Buenos Aires". No tenías ningún derecho a decir eso. Quién carajo lo aclama si busca el bien del otro. No habrías dicho eso. Si supieras. Aun así, sé que cogeré la pluma y acabaré por escribirte, a la antigua, para tener más posibilidad de arrepentirme, y me despediré con un abrazo de los que aún no conoces. Eres sólo la imagen borrosa de algo que siempre he esperado. Ilusa. Y, como siempre, es una imagen desvaneciéndose. Empiezo a acostumbrarme con miedo, resignación y decaimiento a esta soledad que me aguarda.
     Pero el problema es interno. El Tú no existe; no ayer, no hoy, no mañana. Quién alrededor sino este hatajo de deseos mansos y descobijados ante el rayo que no cesa.

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