domingo, 3 de julio de 2016

Diario de un aguacero.

     El viernes volvió a llover, igual que toda la semana. Desde París que no me ponía tan triste ver llover tan seguido. Siempre París, qué curioso.
     Ayer no hubo manera. Despierto. Aplazo la alarma. Suena la alarma. Aplazo la alarma. Me quedo dormida. No suena ninguna alarma. [En realidad sí, pero yo duermo, duermo, duermo.] Despierto sobresaltada. Ya es demasiado tarde. El otro día reventó la tubería, nos queda un baño y ducha minúsculos para siete personas, y una paciencia desgastándose a pasos agigantados. Se queman los fusibles. Paciencia, me digo. Paciencia. Pero he de lavarme aprisa, vestirme aprisa, comer aprisa. Tomo el colectivo y llueve. Tomo el subte y llueve. Abrazo a Romina y tomamos el tren y llueve. Charlamos de camino a Florida; me doy cuenta de que quizá, seguro, quién sabe, me equivoqué con ella desde un inicio. Es franca y respetuosa. Reímos, nos sabemos guerrilleras de labio y delineador oscuro. Llegamos a puerto y con los pies embalsados. Entramos y siento el cuerpo entumecido, pero se ve una casita hermosa, amplia y llena de luz.
     Veo a Flor, qué alegría volver a coincidir con ella. Empieza el recital. El bosque sutil, lo han llamado. Después de dos intentos, por fin he logrado escuchar a Natalia Litvinova. Emana gracilidad y pureza, y aunque cercana y humilde, existe una fina capa de hielo. Sus poemas hablan de la guerra, de su Bielorrusia natal. Guarda las trenzas de las mujeres de su familia. La última mujer, en cambio, es sencillez en sí misma. Me sorprende su garra, la fortaleza de su voz y el no armarse en gritos sino en una leve pero contundente lucha versada. Sonríe con ganas como quien se sabe feliz con poco: marcho, me espera un bife en casa, dice escapándose del grupo con algo de sonrojo y picardía, con la ingenuidad del niño que rebaña el plato hasta dejarlo blanco. Diana Bellessi, qué bien haberte conocido y escuchado. Salimos y nos despedimos de Flor, agradecidas, esperando volver a encontrarnos en la facultad. Busco el libro y un bolígrafo, y tras una leve confusión de nombres, Natalia escribe unas líneas sobre el papel. Por qué lo estarás haciendo, me pregunto. Qué más dará.
     Al volver, entramos en un café para coger algo de calor. Dos tés con leche, un panqueque con dulce de leche y una tarta de queso. Conversamos. Me siento menos sola, más comprendida. Sonrío y escucho, disfruto de una tarde lluviosa y fría. Llego a casa feliz.

***

     Es domingo y sigue lloviendo. Son casi las tres de la madrugada y truena afuera. Le tengo miedo a las tormentas. Me inquieto. Esta tarde he añorado por un rato. Ahora, muerdo el dorso de mi mano para no estallar en llanto y calmarme; la lluvia atronadora y estos poemas rojos de sangre y de dolor no me van a dejar dormir. Cuánto necesito un abrazo. ¿Cómo no va a querer llorar el mundo así?

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