domingo, 17 de julio de 2016

Dicotomía en si menor.

     Hace una semana arrodillé mi alma dormida y, muda, estalló en pedazos. Mis manos suplicaron ayuda, creí estar ahogándome océano abajo. Tan penosa, tan solitaria. Empiezo a aceptar que mi mente no está sana, que mi cuerpo tampoco puede estarlo. Ellas no pueden sacarme del agua, pero estaban allí para hacer que flotara mi carne. Te entregas mucho, me dice, tanto que los demás tienen más de ti que tú misma. Qué alivio saber obrar de otro modo. Qué hermoso haber sabido, de otro modo, toda la vida. Pero siempre la misma jaula morada tambaleándose.

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     Damos las últimas clases de las materias obligatorias. Ernesto nos reúne para cenar tras la clase; me alegro de haberme quedado. Reímos, charlamos. Hay que salir a bailar, dice Adriana. [A veces pienso que el miedo me tiene aquí dentro de esta pared gris mental sin dejarme salir afuera. Por qué me dejo, por qué tanta vergüenza por cada paso.] ¿Eres de llevar o de que te lleven?, me espetó un día, semanas atrás, sin haber hablado nunca. Seguramente me arrepienta de no haberte dejado que me enseñaras a bailar, papá. 
     El día a día sigue recordándome que esto no es Europa: la casa sigue con dando problemas y deja apelotonada a media casa en un minúsculo baño (pobre Tomás, tan niño, tan mayor, tan preocupado y tan poco culpable); la propina no es algo que debe ganarse sino ofrecerse de entrada, y sigo negándome cada vez que el servicio no ha sido el correcto, ganándome alguna que otra mala mirada (qué rácana, esta española, pensarán, y qué me importa a mí, si lo supieran); toda la cuadra se queda sin luz antes de la pausa y la facultad se queda a oscuras, pero no es la primera ni la última vez que ocurre y la gente, despacio, en silencio comprensivo y sin quejas, acostumbrados, bajan las escaleras y abandonan las clases en una especie de procesión pactada.

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     Es sábado y S. regresa a Lima por vacaciones. Cuando vuelva, ya se habrán marchado M. y Ss. Ya no habrá más planes para los cuatro. Nos abraza, sube al taxi y parte sin echar la vista atrás, no hay mano moviéndose a lo lejos. Entramos en la casa los que quedamos; creo que un pedacito de mí se marchó volando quién sabe adónde. Pero mañana será domingo, y mamá quiere verme y debo dormir para que no note que, a veces, la cabeza es frágil y feliz mientras una está cayendo hacia lo hondo.

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