jueves, 28 de julio de 2016

Dos veces trece: el nacimiento del sauce.

     Hace dos días era veintiséis de julio. Esa noche no dormí, di tumbos una y otra vez, me levanté a orinar un par de veces en la madrugada. Repasaba la imagen que poco a poco iba aclarándose ante mí al permanecer tanto rato con los ojos abiertos en la pieza a oscuras. Casi la misma sensación que la noche de reyes, decía para mis adentros.
     El otro día, Santi me envió el primer esbozo (luego supe que fue el tercero de una dura criba). Vi el aviso del móvil y no me atrevía a abrir la foto. Debía sentir esa punzada, me dije. Si no, ya vamos mal. Abrí el archivo y me quedé muda. No como quien se sorprende para bien o para mal. Muda. Literalmente no sabía qué me parecía. Dejé el móvil. Fui al baño. Volví al cuarto y regresé a la imagen. De algún modo extraño, me vi en ella y ya no pude despegar de allí los ojos. Requería algún cambio, pero nada insalvable. Había dado con el artista adecuado.
     El martes me preparé con prisas, para no faltar a mi costumbre, y me abrigué con los nervios y un paraguas ante la tromba que estaba a punto de caer en la ciudad. Llegué puntual (malditos cincuenta pesos del taxi). Emi nos abrió la puerta a dos chicas y a mí, y nos esperamos en la salita. Toda yo era impaciencia. Hasta que salió Santi a recibirme con el diseño final: hice algún retoque que otro, acércame el brazo para que te mida, aguarda aquí a que imprima y haga el transfer, en seguida subimos al estudio. Pasó una hora interminable. Subimos los primeros. La sala, espaciosa y sin divisiones, tenía las paredes blancas repletas de bocetos y cuadros; conté cuatro camillas, todas ellas con sus respectivas lámparas y cajoneras a ruedas en las que reposaban las máquinas desmontadas. Cada camilla delimitaba el inicio y final de cada uno de ellos, en la pared bailaban sus diseños ya grabados en la gente. Al final, un par de focos grandes y un espejo de cuerpo entero reinaban el espacio. No pude contenerme y fotografié, dentro de lo que la vergüenza y el pudor me permitieron, todo cuanto alcancé a ver. Adoro la meticulosidad inicial con que cada uno dispone sus artilugios: el montoncito de vaselina, el palo de madera y el juego de pequeños recipientes vacíos sobre él, las dos máquinas, las agujas, el dosificador para limpiar las máquinas, el vaso de plástico con agua, la paciencia para cortar más de medio rollo de papel higiénico de a dos y, luego, por la mitad, el pedal, los taburetes, las lámparas alineadas, los botecitos de color, el negro, el esparadrapo, el boceto. A las tres empezó a sonar ese repiqueteo continuo y sordo que añoraba. De las cinco a las seis empezó a ser, además, torturador. Pero es asombroso cómo el cuerpo se relaja, dentro de lo posible, cuando ve la aguja correr y lacerar la piel más que cuando aparta los ojos; no sé cuánto hay de terapéutico y cuánto de morboso, pero lo cierto es que los últimos trazos, ya con el brazo irritado y quejicoso, fueron algo más llevaderos así.

***

     Le dije a Santi que quería una mujer con cabello de sauce llorón sosteniendo un corazón en su mano.
     De niña, me enamoré de un viejo sauce que reinaba el centro de una rotonda en mi pueblo. Cada vez que pasábamos en coche (la rotonda estaba en una de las salidas del pueblo, y eso hacía que la frecuencia con la que lo viéramos fuera alta) me embobaba, pegada al cristal, mirándolo con los ojos bien abiertos. Un día —debió ser fin de semana, recuerdo "vestir de domingo", ser mediodía y hacer algo de calor—, le pregunté a mi padre cómo se llamaba aquel árbol. Sauce llorón. Cayó en mí aquel nombre como una losa. Tan pequeña yo, descubriendo entonces la vida. Mi memoria no me alcanza para saber si esto se lo llegué a decir a mi padre o sólo lo pensé, pero sí sé que me dije a mí misma que qué cosa tan injusta: cómo un árbol tan bonito puede estar tan triste. Quizá era la época de niñez en la que crees a pies juntillas que todos los seres que pueblan la tierra pueden hablarte y escucharte, que tienen ojos, y manos, y pies, y todo lo necesario para ser, a su modo, humanos, pero que no lo hacen porque sólo a poquísimas personas y muy escogidas les han concedido ese privilegio. Qué honor escuchar algún día a un árbol, llegué a pensar una vez. Lo recuerdo ahora y la Andrea de seis —¿ocho?— años me enternece. (¿Por qué perderemos esa infancia tan pronto? ¿Por qué ese miedo a permanecer flotando en esa nube y en lo onírico?) Pasaron los años y supongo que cada vez que me topaba con un sauce llorón lo miraba sin remedio, anhelando el sueño de infancia, recordando el hogar, buscando un vacío durante algunos segundos, volviendo a la realidad al poco. Hasta hace tres años. Fue entonces cuando, de repente, recordé todo esto como un ciclón. En el medio de París. A mi mente vinieron el sauce de la rotonda, mi padre agachado sobre su rodilla izquierda, mi tristeza al descubrir el sufrimiento del mundo. Un árbol hermoso podía hacer de su vida un llanto eterno; yo, esa eterna niña risueña y despierta, esa "qué criatura tan feliz, cómo se ríe siempre" podía aguardar dentro de sí una pena honda y lacerante. Convertirse en un sauce fue, más que un acto, una necesidad. Más que una rebeldía, una sanación. Haz que cuanto te convierta en llorón, aunque triste y doloroso, sea hermoso, me dije. Escribe. Escribe siempre. Sé tú un sauce hermoso de recuerdos que conformen tus raíces, llegará el día en que llorarán tus ramas palabras alegres y serás tú sin miedos ni jaulas. Fue entonces cuando me prometí, a conciencia y pese al vasto terror de la soledad, no abandonarme nunca más que en la escritura. Y recordé a Alma y sus palabras tras el yoga: "baja hasta tu corazón hasta convertir el sufrimiento en luz".

***

     El martes veintiséis de julio salí del estudio a las siete de la noche con mi niña interior y mi promesa tatuadas cerca de los ojos. Nada más cruzar dos cuadras en busca de un colectivo, alcé los ojos de un respingo: un sauce llorón coronaba la acera por la que estaba pasando.

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