domingo, 31 de julio de 2016

Tormenta y granizo.

     Al final releí esos poemas, escribí esas notas, desaté de nuevo al yo herido. Volví a ver El lado oscuro del corazón; la primera vez, hace tres años —siempre el mismo paisaje para absolutamente todo lo doliente—, cuando fantaseaba por las calles de París con vivir en Buenos Aires. Entendí mejor algunas cosas, dejé de odiar a Ana para perdonarla y entenderla, y desprecié un tanto a Oliverio. Reconocí la 9 de Julio, incluso algunos lugares de Colonia que conoceré en cuestión de unas semanas, si todo va bien, el subte casi tan antiguo como entonces. Pero lo que me dolió, a fin de cuentas, creo que no fue eso, sino el hecho de sentirme con una mancha igual o parecida a la que sentía sobre mi carne hace tres años. Entonces no lo sabía, pero ahora la reconozco. Cuervo hermoso, ¿por qué has vuelto?

***

     El sábado visitamos la casa rosada; mientras la guía comenzaba su discurso preliminar, seguía preguntándome por qué accedí a entrar. Son los últimos días de M. y Ss. aquí, no te quedes en la casa a oscuras y sola, sal de la cama, finge ante el espejo y que el cerebro asienta por un rato y acceda y crea y confíe. Luego ya habrá tiempo para volver al precipicio mental. Rococó a más no poder, todo bañado en papel dorado, un ascensor del siglo pasado, un salón dedicado a científicos e intelectuales entre los que encuentro, en dos esquinas opuestas (una de ellas prácticamente tapada por una puerta), las dos únicas mujeres, un pasillo de personalidades argentinas en el que no hay ni un maldito escritor (cosa extraña, me digo, con lo pedantes que sois en tantas ocasiones, dónde están Borges y Cortázar, por lanzar vuestros dos emblemas iniciales. No pensemos ya en mujeres para evitar que nos explote la cabeza al pedirle tantísimo esfuerzo al macho cabrío porteño), un puñado de críos maleducados y desesperantes (o puede que mi poca paciencia para el asunto), una curita en la frente del busto de Kirchner en el "salón de la fama" presidencial como curiosidades. En uno de los pasillos, llamado Eva Perón, una mamá le cuenta a su hija, a grandes rasgos, que fue "la mujer de Perón". A punto de darlo por perdido escucho, no obstante: "pero no solamente fue su mujer, ella misma hizo mucho por Argentina: promovió muchas mejoras sociales y educativas, fue una mujer muy importante". Esbozo, sin querer, una levísima sonrisa para mis adentros. Sin embargo, el pasillo no es más que un espacio vacío, sin muebles, únicamente delimitado por dos cuadros larguísimos, uno en cada pared que une los dos salones de los extremos: en uno, un cuadro de los Perón; él vestido de traje oficial, y ella con un vestido blanco hermoso de larga cola, ambos sonrientes. En el otro, un óleo sobre tela (gran recalco de la guía, por lo visto pocos argentinos deben estar acostumbrados a estas técnicas y no perciben cuándo no es una fotografía) en el que únicamente aparece el glacial de Perito Moreno. Curiosa metáfora a la que queda relegada la mujer hoy día: con suerte, un pasillo vacío que adornar con un par de cuadros y en el que no estarse más que de paso. [Me consta que también existe el Salón Eva Perón, pero al no haberlo visto, recurro al tan infantil "si no lo veo, no lo creo", ya se me perdonará el escepticismo feminista.]
     De noche, vuelven a hacer previa en casa. Me prometo que el año que viene no viviré aquí, me buscaré un departamento con pocas personas, un sitio tranquilo. Necesito silencio en las noches. Y respeto, y madurez, y limpieza.

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     Hoy domingo ha llovido prácticamente todo el día. A las doce del mediodía ha granizado de repente y parecía que se acababa el mundo. Fuimos a Costa Rica con Jorge Luis Borges a un restaurante español. Admito que las croquetas de allí, tras más de cinco meses sin probar alguna, me han sabido a gloria. Tienen raciones y pintxos, y pese a que lo pintan como restaurante español, a duras penas la mitad de la carta podría serlo de verdad, pero no es algo grave. Lo que sí me pareció estúpido fue pedir tortilla de patatas, esperando el manidísimo y facilísimo plato, el pintxo de tortilla de toda la vida de dios, y encontrarme con una montañita de patatas cortadas como si fueran bravas y cocinadas con algo de huevo alrededor. Para colmo, lo adornan con un manojo de rúcula encima y otro de cebolla caramelizada. Con el amor que le tengo yo a la cebolla (y habiendo pedido que, por favor, no la pusieran). Aparto decimonónicamente la cebolla, y empiezo a comer con mucho recelo. De postre, crema catalana con chips de chocolate. Seguimos con las variaciones a lo porteño. Como crema catalana no vale un carajo; aun así, de sabor está rica y el chocolate, en un país en el que reina el dulce de leche (del cual ya me estoy empezando a empachar), se agradece.
     Volvemos a la casa, descanso un rato y mamá me avisa de que Sandra está de camino al aeropuerto. Primera noticia. Más le vale centrar la cabeza de una santa vez. [Eres la pequeña y en ocasiones pareces la mayor de los primos, me digo, para dejar de hundirme en la miseria por unos segundos.] Son las 3:13 y pienso: un día para que llegue Edu, ya es agosto, por fin se ha terminado julio. Ojalá con él esta tristeza y parálisis agotadoras.

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