martes, 6 de septiembre de 2016

Temblor de árbol.

     Hace tanto que no me escribo que el miedo se apodera de mis dedos. Pasaron tantas cosas. Edu pasó sus vacaciones conmigo, visitamos Buenos Aires hasta el hartazgo y aun así nos dejamos lugares por ver. Fuimos a Iguazú, y recordé la importancia de la tierra. Del agua, el caos y la calma. Guardo liberada dentro de mí la catarata y su cántico. Gastamos harta plata; no hay día que no recuerde a todos los que pontificaban: «qué suerte tienes, qué barato es todo allá». Qué iluso creerlo. Llegó un punto en que casi llego a las broncas con él, pero qué paciencia tiene. Qué suerte de hermano. Y se marchó, y yo sólo tuve cuerpo para yacer en la cama y llorar de felicidad y nostalgia entre las mantas.

***

     Confieso que ya no soy la misma. Me noto cambiada. Me sé distinta. Mi vieja piel ha mudado sus colores, otra vez. Y me leo ante el espejo y me digo «niña, quién eres, dónde está tu entereza, niña, qué bien que te atrevas a pelear». Niña. Sonrío peligrosamente. La casa se ha llenado de luz. S. sigue siendo mi lado derecho, ¿cómo haré luego para llevarme a casa toda esta tristeza de no volver a verla más que ya ahora siento? Mi acento ya no es el que era. «Nena, te está cambiando la voz», me dice. Cómo sino. Es precioso escuchar tantos colores distintos, sus hilos entretejiéndose alrededor de la cocina al almorzar. Ya no digo coger. Ya no digo pereza. Ya no digo habitación. Ahora tan sólo tomo, agarro la flojera en la pieza bajo esta lluvia y frío que no dejan de caer. Confieso que A. tiene unas manos hermosas, e imagino el barro en ellas creando el verbo y la palabra. Ingenua e inocentemente. Como un escultor ahuecando los susurros hasta hacerlos materia y forma cálida y carnosa. Como una niña, nuevamente, me siento a la mesa esperando la llegada del cuervo vuelto pájaro azul. Será una tregua, me digo, no bajes la guardia, me repito, pero cómo no aguardar esta ligereza del dolor y danzar al son de un leve destello en la mañana.

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     C. se sinceró con nosotras, nos contó su miedo al rechazo. Le vimos el amor en la mirada. Qué cierto es que uno es más lindo si ve a los demás con esos ojos. Qué necesario. Estoy volviendo a abrazarme, ahora que casi lo había olvidado. El lodo ya no es tan pegajoso dentro de la jaula, se respira el aire, y aunque puede sea un simulacro o falsa alarma, todo vuelve a temblar como un árbol vivo.

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