miércoles, 14 de septiembre de 2016

Tibieza encarnada.

     Abro los ojos de repente. Me doy prisa en ir al baño y ducharme, hace un frío del carajo y el agua caliente tarda en salir del caño. Tiemblo. Mi carne desnuda y fría y sola y dormida y pálida tiembla. No tardo nada —volver a tener el pelo corto es un alivio—, me visto rápido y bajo a la cocina mientras me pongo aún el jersey. «¿Dormiste bien?», me dices. «Avísame si vas al Malba», te digo luego. Llevo días pensando en cómo hablarte y me siento una niña. La más pequeña de todas tratando de entender por qué el agua no se queda entre sus manos apresada en lugar de disfrutar de cómo libre fluye. Y llegamos al Malba, después de que un colectivo nos acerque, un desconocido casi me rompa las gafas y me saque una herida en la nariz sin querer. Ríes. Tienes un sentido del humor burlón, odioso y simpático al tiempo. Y no lo soporto, porque es igual que el mío. Queremos ver la exposición de artistas latinoamericanos, pero es miércoles y está cerrada: «hoy sólo está abierta la de Yoko Ono, son $50». Tres euros no es nada, me digo. Pagamos y subimos la escalera mecánica algo malhumorados, sobre todo tú. No lo admites, pero le tienes cierta manía. Empezamos la exposición, apenas entendemos nada. Seguimos andando; en una performance, me preguntas qué entiendo, qué veo. No bromeas, estás siendo analítico y sensible. Ahora que escribo esto pienso en una palabra: cómplices. Justo el nombre de quien cantaba esa canción que llevas días sin poder parar de cantar. Me das a compartir tu parte humana, y de a pocos voy mostrando yo la mía. 
     El sábado bajaste más arreglado que otros días, te perfumaste y de vez en cuando los ojos te delataban. Yo estrené vestido, ahora es mi favorito. Bebimos harto en la casa, y cuando llegamos al bar lo único en lo que pensaba era en bailar contigo. Apenas nos separamos. S. y P. se marcharon antes para dejarnos a solas, como en las películas donde todo se planea con tiempo aun sin parecerlo y sin que ninguno de los implicados se entere. A las cinco pasadas volvíamos a casa. I. y tu amigo se paraban en casi cada cuadra, se besaban mientras tú y yo sonreíamos, borrachos, alejados, mirándonos. Seguíamos andando hacia la casa. Álvaro se marchó, e I. subió deprisa al cuarto. Quedamos tú y yo, y recordé, a oscuras, que me debías aquel trago, todavía. Tu yo burlón volvió a salir, y me retaste. La cabeza me daba vueltas pero reía, estaba nerviosa. Estabas cerca, igual que toda la noche, y no daba la sensación de que fueras a irte. Cuánto hacía que no sentía esa seguridad momentánea y tan duradera al mismo tiempo. Me sentía aliviada. No recuerdo cómo, pero me besaste, y te besé. Y sentí el calor en mi boca y volví a besarte. Me recorriste con las manos a oscuras como leyendo la memoria del fango, buscando la salida y la luz. Intentaba mirarte, retener esa imagen que ahora vuelve a mi cabeza y me confunde. Hubiese sudado sobre tu cuerpo en esa misma noche, dejar que siguieras susurrando mi llegada de a poquitos, pero el alcohol movía nuestros dedos torpes, la desubicación, la no intimidad. «Te espero el miércoles», dijiste. Apenas lograbas alejar tu carne de la mía.
     Pero hemos vuelto de pasar la tarde en dos museos, tres colectivos y dos paseos cortos y llegado a la casa, y justo antes de abrir el portón te he frenado: «tenemos que hablar». Esa horrorosa pesadilla y sentencia. Y tras una hora larga de verte cenar mientras conversábamos de cualquier cosa vana y sin sentido, no he sabido aunar esas ganas de echarme a llorar como una niña y decirte, simple y con franqueza, que quiero cometer el riesgo que suponga yacer contigo tras haberme entregado al calor de tus manos.

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